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Dicen que los millennials no queremos casarnos, que no queremos hijos, que no creemos en la familia, que no nos gusta trabajar, que todo lo cuestionamos, que cambiamos de trabajo como de shampoo, que vivimos con ansiedad porque no sabemos qué queremos.
Y puede que algo de eso sea cierto.
Pero también es cierto que nos tocó la peor parte del guion: crecimos con promesas y entramos a la adultez con recortes.
Nos dijeron que si estudiábamos, si nos esforzábamos, si seguíamos el camino correcto, todo iba a estar bien.
Spoiler: no está.
Las casas cuestan más que nuestras vidas, los sueldos no alcanzan, las parejas duran menos que los algoritmos y la estabilidad es una palabra que ahora solo vive en los discursos motivacionales de LinkedIn.
No es que no queramos tener familia. Es que ¿has visto cuánto cuesta una guardería?
No es que no queramos una casa. Es que ni vendiendo un órgano puedes dar el enganche.
No es que no queramos trabajar. Es que a veces trabajamos tanto que nos olvidamos de vivir.
Y no, tampoco es que odiemos el amor. Solo que estamos intentando construirlo sin repetir las ruinas de donde venimos.
Crecimos viendo cómo se caía lo que supuestamente teníamos que aspirar.
Vimos matrimonios que eran más castigo que amor, trabajos que eran más jaula que camino, y adultos que sobrevivían la semana soñando con el domingo para lavar ropa.
Y con todo eso, ¿de verdad esperan que solo repitamos el molde y sonriamos para la foto?
Pues no.
Nos pusimos raros.
Cuestionamos. Dudamos. Cambiamos el guion.
Nos alejamos del “para siempre” y nos acercamos al “mientras funcione y nos haga bien”.
Inventamos nuevas formas de estar en el mundo, aunque no siempre sepamos cómo se llaman.
¿Y saben qué? En el fondo, seguimos buscando lo mismo:
Un lugar donde se sienta bien estar.
Una red que nos sostenga.
Una vida que no nos pase por encima mientras estamos ocupados sobreviviéndola.
A nuestras madres, solo decirles: tengan paciencia.
No es que no queramos lo que ustedes soñaron.
Es que nos tocó un mundo que ya no funciona igual, con facturas que nunca vimos venir.
No es falta de amor, es exceso de realidad.
Aceptarlo no es fácil, pero entenderlo ayuda.
Y si a veces no parecemos sus hijos… recuerden que aún estamos tratando de ser nuestros propios adultos.
Y a la generación que viene, un favor: rompan lo que nosotros no pudimos.
Lo que nos dio miedo, lo que nos agotó, lo que disfrazamos de éxito y no era.
Sean menos ansiosos que nosotros, menos cínicos, más libres.
Porque sí, la vida viene mal diseñada desde hace rato.
Pero ustedes tienen permiso de hacerle un buen hack.