Cosas de niños

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En algún punto del camino, alguien decidió dividir la vida en dos grandes categorías: lo que es “para niños” y lo que se supone que “deberíamos hacer los adultos”. Como si crecer significara dejar de lado todo lo que alguna vez nos hizo felices. Como si madurar fuera sinónimo de apagar la curiosidad, la imaginación, la emoción por lo simple.

Jugar juegos de mesa, coleccionar figuras de acción, emocionarte por una tarjeta difícil de conseguir, leer cómics o emocionarte por un universo ficticio… todo eso, nos dicen, es cosa de niños. Y entonces muchos adultos lo hacen a escondidas, con culpa, como si tuvieran que justificar su entusiasmo diciendo “es que es para mi hijo” o “es solo un hobby, no me clavo”. Porque admitir que algo te apasiona profundamente parece estar mal visto si ya pasaste cierta edad.

Pero lo más curioso es que las reglas no aplican parejo. Si eres joven y trabajas en algo que te encanta, eres un afortunado. Pero si eres adulto y aún buscas disfrutar lo que haces, entonces te dicen que madures, que no todo en la vida es placer, que ya es tiempo de “ponerse serio”. Como si lo adulto tuviera que ser inevitablemente gris, práctico y un poco amargo.

Nos han vendido la idea de que crecer es dejar de disfrutar. Que la diversión, la emoción, la colección, el juego, son etapas superadas. Y sin darnos cuenta, vamos empujando a los demás —y a nosotros mismos— hacia una adultez sin brillo. Hacia trabajos que no nos gustan, rutinas que nos pesan, y pasatiempos que suenan bien, pero no nos mueven nada por dentro.

Pero… ¿y si no tiene que ser así?

¿Quién dijo que hay una edad para dejar de jugar? ¿O que sólo los niños pueden emocionarse por imaginar? ¿Por qué pensar que las cosas que te hacen sentir vivo tienen fecha de caducidad?

Ser adulto también puede ser crear, jugar, explorar, conectar, apasionarte. Puede ser trabajar en lo que te gusta sin disculparte por ello. Puede ser rodearte de objetos que amas, aunque no tengan “función útil”. Puede ser jugar un juego de mesa no para ganar, sino para compartir. Puede ser emocionarte por una figura nueva no porque la necesitas, sino porque te recuerda quién eras… o quién aún eres.

Quizá el problema no es que tengamos pasatiempos “de niños”, sino que crecimos en una cultura que olvidó que el juego, la imaginación y el disfrute no son etapas… son lenguajes que nos acompañan toda la vida, si los dejamos.

Ser adulto no debería significar dejar de jugar, sino aprender a elegir con más conciencia con quién y cómo jugamos.

Y si trabajar en lo que amas, emocionarte por tus colecciones o reírte a carcajadas por un juego de mesa es “no tomarte la vida en serio”, entonces qué bueno. Porque a veces, tomarse la vida demasiado en serio… es lo que nos impide vivirla.

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