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La ilusión de ser otro

No sé quién seré el próximo año, ni el mes que viene, ni la semana que viene, no tengo idea qué voy a hacer hoy, no sé si eso saldrá bien, es mas tengo que admitir que ahora mismos estoy muy asustado, quisiera inventarte un mundo donde mis ideas y sueños funcionen, pero esto no es posible… ¿o si lo es?

La ilusión de ser otro que nos promete la lectura no nos defrauda, porque terminamos siéndolo. Como bien lo expone la novelista argentina Claudia Piñeiro, en su Texto “La ilusión de ser otro”:

En el juego de ser otro que propone la ficción, la moral no cuenta. Ser por un rato el que sea, pero otro. Nadie juzga, nadie condena.

Las lecturas que nos acompañan a lo largo de nuestra vida nos permiten esa ilusión. La primera vez que recuerdo haber sido otra, fue con un relato que me contaba mi abuela y que yo siempre le pedía que repitiera. Se trataba de una nena que debía ir a la farmacia a comprar un remedio para su hermano menor que tenía tos. Llovía mucho. La nena estaba sola en esa casa con su abuela y su hermano. Cuando yo le preguntaba a mi abuela, ¿dónde están los padres?, me contestaba: trabajando. Nunca vi una imagen de esa niña, ni una foto, ni siquiera un garabato hecho por mi abuela, pero yo sabía cómo era, qué ropa llevaba, de qué color eran sus botas y su paraguas. Lo sabía porque las palabras de mi abuela me permitieron no sólo verla, sino ser ella.

Luego de ser la niña en ese día de lluvia fui muchos otros. Primero fui aquellos que encontré donde me llevaron mis maestros con sus indicaciones de lectura. Cuando supe leer fui la Jo de “Mujercitas”, nunca Amy. Aquella a la que le gustaba la escritura y se cortaba el pelo como un varón para enfrentar al mundo. Un poco más tarde me subí a un bote y naufragué; y quise matar una gaviota porque me moría de hambre en esos días en el mar pero cuando estuve a punto de comerla me arrepentí, como le sucedió al pescador de “Relatos de un náufrago” de Gabriel García Márquez. También fui el hermano varón de la “Casa Tomada” de Julio Cortazar, no Irene, la hermana, “una chica nacida para no molestar a nadie”.

Fui también Cordelia, hija de “Rey Lear”: de Shakespeare y recité:

“Desgraciada de mí, que no puedo elevar mi corazón hasta mis labios. Amo a vuestra majestad tanto como debo, ni más menos”.

Y en el “Zoo de Cristal”, de Tennessee Wiiliams, fui Tom Wingfield y no Laura. Tom que soñaba con ir a la luna:

“Yo no fui a la luna. Fui mucho más lejos. Porque el tiempo es la distancia más larga entre dos lugares…”.

Fui el Cátulo Rodriguez de Orlando Van Bredam en su “Teoría del desamparo”, que se encuentra con que en el baúl de su auto le metieron un cadáver y nos dice a nosotros, los lectores:

“Esta mañana ha ocurrido lo inesperado. Y usted no está preparado para que lo inesperado aparezca en su vida.”

Hace unas semanas fui la niña de Claire Keegan, en Tres Luces, y dije como ella:

“Estoy en un punto en que no puedo ser la que siempre soy ni convertirme en la que podría ser”.

Y ahora en estos días, en este momento, esta noche cuando me meta en la cama y lea, soy y seré el Nano Balbo, cuando todavía era un niño y lo acompañaba a su padre a hacer política por los campos, ése que aparece en “Un maestro”, de Guillermo Saccomanno.

“Cuando se acercaron las elecciones con mi padre salimos a cazar. Cazábamos por deporte y también para comer, porque yo las liebres las vendía. Tenía catorce años y me había comprado una carabina de precisión para no perder balas. Mi padre me dijo; “Mirá, me vas a acompañar de caza para la campaña electoral”. A mí me pareció raro eso. “Ya te voy a explicar”, me dijo.”.

Hoy somos los cuerpos que vemos con nuestros ojos, pero también todos estos otros personajes que fuimos, somos y seremos. Es como si en cada uno de nosotros pudiéramos ir al interior capa por capa y encontrar esos distintos hombres y mujeres que jugamos a ser.

 

La lectura es fascinante ya que si bien se lee solo, también se puede leer a otro. O se escucha lo que otro nos lee. O se le cuenta a otro la historia que nos gusto, el texto que nos conmovió, el poema que aún nos resuena en el oído como una música sin notas. Por que lo hacemos, simple por que queremos compartir esa experiencia solitaria con otros, porque necesitamos confirmar que hay alguien a quien le pasa lo mismo que a nosotros frente a una abstracción, frente a algo tan intangible como es la palabra. Necesitamos compartir nuestras lecturas con otros por nosotros mismos…

Lo vi en http://losniniosdejapon.blogspot.com/

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uriel

Alguien que vive en algun lugar de Oaxaca y que le gusta pensar mucho y hacer poco… Amante de la Tecnologia y de la Filosofia del software libre

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